La tribu que no creía en King Kong




Érase una vez un fanático del cine, del teatro, de la música, de la literatura, del fútbol, de Operación Triunfo, de los toros y de las procesiones de Semana Santa.

Lo juro, conozco a alguien así. Alguien que no puede vivir la realidad sin recurrir a la mentira que nos ofrecen el arte y la cultura. Eso es algo que a todos, en mayor o menor medida, nos pasa. Lo único que nos diferencia es el tipo de mentira que preferimos. A todos nos gusta la ficción. Todos la necesitamos. Es parte de nuestra condición como humanos.

¿O no es así?

Déjame que te cuente la historia de los Pirahã, una tribu de cazadores y recolectores que vive en las selvas de Brasil y presenta una peculiaridad que ha llamado la atención de antropólogos y lingüistas durante años. Y es que a sus miembros, unos 200, sólo les interesa lo evidente, lo que pasa aquí y ahora, de manera que su lenguaje es completamente literal. No hay metáforas, ni dobles sentidos, ni referencias al pasado, y mucho menos a la historia. No digamos a la mitología.

Su mente está tan enfocada en vivir el presente que en su lenguaje no hay cabida para términos que indiquen colores, cantidades o números. No tienen pronombres ni tiempos verbales, y se apañan con ocho consonantes y tres vocales. Carecen de memoria colectiva y son incapaces de recordar los nombres de sus abuelos. Sí tienen, sin embargo, un concepto que nosotros no: Xibipío, un término que indica que algo se ha alejado del alcance de los sentidos. De la experiencia. Cuando una persona se interna en un bosque o cuando una llama se apaga, los Pirahã no dicen que ha desaparecido. Dicen que ha xibipío. Para que nos entendamos, no está apagado sino fuera de cobertura. Se ha ido de nuestra experiencia. Como los muertos. No hay ceremonias, ni creencias en otra vida. Esa persona está y de pronto no está. Y a otra cosa.

Todo esto desestabilizó por completo a Daniel L. Everett, un misionero cristiano que a finales de los años 70 llegó al territorio Pirahã con la intención de llevar a sus habitantes la palabra de Cristo, empresa que resultó un auténtico fracaso. ¡Imagina lo que es tratar de explicar la Biblia a unas personas para las cuales no existe ni importa nada que no tengan delante de las narices! No les hables de la caverna de Platón, ni de Adán y Eva, ni de El Señor de los Anillos, porque no te van a entender. La religión (la ficción), para ellos, es algo incomprensible.

-Oye, Dan. ¿Jesús es moreno como nosotros o es blanco como tú?
-No sé, no lo he visto.
-¿Qué dijo tu padre? Porque tu padre seguro que lo vio.
-No, él nunca lo vio.
-Oh, ¿y tus amigos que lo vieron qué dicen?
-No, en realidad no conozco a nadie que lo haya visto.
-¿Entonces para qué nos hablas de él?

Sustituye el nombre de Jesús por el de cualquier otro personaje o fenómeno no observable y obtendrás el mismo resultado: los Pirahã son escépticos empiristas fundamentalistas. Y, por lo visto, unos cachondos.





Hace poco encontré referencias a esta tribu en el blog de un apasionado de la ciencia ficción llamado James Wallace Harris, que mostraba su desconcierto ante una comunidad para la que el pensamiento abstracto, y por tanto, la ficción, no existía.

Ni él ni yo, ni seguramente tú, podemos concebir un mundo sin realidades alternativas, imaginadas, que nos ayuden a ampliar, a comprender o a sintetizar lo que conocemos como mundo real. ¿Cómo sería ese mundo sin historias aleccionadoras o simplemente entretenidas que nos hagan reír, llorar, emocionarnos, aprender, consolarnos o mantener conversaciones interminables en foros y redes sociales? Probablemente los Pirahã nos sirvan para hacernos una idea.

Harris, a quien imaginación no le falta, plantea que probablemente los niños de esa tribu sólo podrían jugar con maquetas de aviones que estén en tierra, pues en el momento en que despeguen el juego no tendría sentido. El avión estaría xibipío.

Piraha experimentando la realidad de un arco tangible, presente e incuestionable.


Pero volvamos a Daniel L. Everett, el misionero que visitó a los Pirahã con la idea de evangelizarlos. Después de estudiar su lenguaje, tradujo parte del Evengelio para leérselo a los miembros de la tribu… y se dio cuenta de que aquello no significaba nada. Los conceptos de fe o creencia en lo sobrenatural eran absurdos para ellos. Y de pronto lo fueron también para él.

El hombre que traía luz al pueblo ignorante dejó de ver la luz… para ver la luz. Everett se declaró ateo y dedicó el resto de su vida a estudiar lenguas.

¿Qué había pasado? ¿Convivir con aquella tribu le hizo aceptar que sus creencias eran erróneas? ¿Tal vez la tribu representaba un estado de desarrollo mental anterior a la capacidad humana de comprender la religión y los mitos?

Daniel Everett a punto de perder la fe.



Dispuesto a aprender más sobre ellos y su manera de concebir el mundo, Everett, en uno de sus viajes posteriores, decidió ponerles el King Kong de Peter Jackson (no iba a ponerles el clásico en blanco y negro, ya lo que les faltaba a los Pirahã). Las conclusiones a las que llegó le confirmaron sus teorías sobre la tribu. Durante la proyección, los espectadores reaccionaron a los estímulos concretos que proporcionaba cada imagen. “Es un mono gigante”. “Se está cayendo”. “Están corriendo”. “Tiene sueño”. Etc. No había anticipación ni suspense en el auditorio. Tampoco interpretaban el subtexto de las escenas, ni sacaban conclusiones que fueran más allá de lo inmediato. Sólo comentaban lo que veían en el momento exacto en que sucedía en pantalla (como ciertos espectadores actuales a los que habría que exterminar, añado).


Para este otro nativo, King Kong sí era muy real.


La historia de Everett y los Pirahã nos sirve para reflexionar sobre cómo sería un mundo sin religión, sin mitos, sin creencias y sin ficción al mismo tiempo que nos indica que quizás hubo un tiempo en que el ser humano no estaba capacitado para asumir pensamientos abstractos. Everett plasmó sus experiencias en el libro No duermas, hay serpientes, disponible en castellano tanto en papel como en edición digital.





Terminamos con James Harris, quien al hilo de la historia de Everett hace una reflexión interesante. ¿Tal vez tenemos demasiado tiempo libre y nos vemos obligados a llenarlo con ficción?, se pregunta. Es probable que si en vez de vivir en la gran ciudad, con un horario de trabajo concreto, días libres, fines de semana y vacaciones, viviéramos en la selva y tuviéramos que cazar y recolectar nuestros alimentos y dormir cuando está oscuro (¡con cuidado de los jaguares!) anduviéramos un poco más justos de tiempo y no habría modo de dar salida a esos cientos de series, películas y libros que se nos acumulan en la mesilla o en la lista de reproducción.

Los Pirahã no tienen ese problema. Sólo cabe preguntarse si por ello son privilegiados o estamos ante la comunidad culturalmente más retrasada del mundo.

BONUS TRACK
IMAGINE (JOHN LENNON)



Comentarios

  1. Desde luego, tenemos demasiado tiempo libre, lo que da pie a que nuestra imaginación no tenga límite. Si viviéramos en la tribu que has mencionado, seguramente no tendríamos tiempo para tantas divagaciones, creencias espirituales...ni sufrimientos. Xibipío y tan tranquilos!

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