Los Gremlins van al cine (otra vez)


Érase una vez un cuento de Navidad tan gamberro y sangriento como encantador. Lo protagonizaban unas pequeñas criaturas llamadas gremlins que, por cosas de la vida, empezaban siendo unos bichitos tiernos y monos que en un momento determinado hacían el capullo y se convertían en unos cafres que dejaban a su paso un reguero de violencia, destrucción, heridos, risitas histéricas y algún muerto. Como los  humanos, dirás, y no te faltará razón. 

Pero lo que caracterizaba especialmente a estos bichos era su insana afición por los electrodomésticos y cualquier cosa que funcionara con electricidad. Hornos, licuadoras, microondas, semáforos, televisores e incluso excavadoras… Todo ello era carne de punto limpio en el momento en que uno de estos geniecillos traviesos le ponía las manos encima. Como tu cuñado, o como tú mismo, dirás. Y seguirás teniendo razón.

"Y para los relojes. ¡Tienen gremlins pequeñitos para los relojes!" (Mr. Futterman)


VUELTA AL CAOS 

Los gremlins y la tecnología. Los gremlins y la sociedad de consumo. Eso es lo que se me quedó en la cabeza cuando vi la película por primera vez. Años después, su secuela (que era secuela y a la vez parodia) me lo confirmó con una sola frase: “Si haces un edificio para cosas, las cosas vienen”.

En esa misma película los gremlins se cargaban el proyector de cine de la sala que exhibía sus travesuras (el aparato de vídeo en su versión doméstica), dejando clara la falta de  remilgos de esos bicharracos en su afán de sabotear a la sociedad moderna y mandarnos de nuevo a nuestro estado más básico: el de la violencia y la diversión en su concepción más anárquica y primaria. 

El mensaje estaba ahí y trascendía el mero entretenimiento escalofriante de una película de monstruos para adolescentes. Ya entonces me hizo pensar en la dependencia que los humanos empezábamos a tener de los cachivaches, y cómo estaríamos perdidos si todo, de pronto, empezara a fallar. Hoy se habla de la caída de Internet, los virus informáticos o el caos que se apoderaría del planeta si nos alcanzara una tormenta electromagnética procedente del sol. En 1984 teníamos los gremlins. No hacía falta tanta sofisticación.

Un gremlin a punto de escacharrar algo.

GIZMO AND ME

Recuerdo la primera vez que supe de ellos. Fue en un reportaje del programa de TVE De Película, y ya entonces quedé maravillado ante la idea de un ejército de monstruitos persiguiendo gente durante la Nochebuena. Tuve un póster de Gizmo, un Gizmo de peluche (el mejor regalo de Reyes que recuerdo) e hice la colección de cromos, pero no vi la película en el cine, ya que mis sobreprotectores padres consideraban que no era apropiada para un niño de mi edad. La vi poco después, en vídeo, y con censura (el propietario de la copia, por petición de mis progenitores, le daba al FF en los momentos más truculentos), de manera que tardé en verla completa. Y aun así es una película que marcó mi infancia como sólo lo hacen las experiencias prohibidas.

Me gustaban la historia, los personajes, la expresividad de las criaturas, la ternura de Gizmo y la mala leche de Stripe y su corte. Para mí los mogways y los gremlins eran seres reales, como los gatos, las ratas y los vecinos ruidosos. Su diseño y su mitología, cuya naturaleza escapaba a mi entendimiento y lo sigue haciendo, me resultaban fascinantes. Cuando estaba solo en casa, me parecía oír risitas detrás de cada puerta y dentro de cada mueble. Era un miedo muy rico.

Tiempo después, cuando pude por fin disfrutarla en su totalidad, comprendí mejor de qué iba aquello. Ya no sólo se trataba de la amenaza de la tecnología (o más bien de las averías, lo que entroncaba directamente con otro icono de la época: los Electroduendes de La Bola de Cristal), sino que la cinta hablaba de la dualidad que cohabita en cada uno de nosotros; en cómo dentro del tipo encantador se oculta un hijo de puta que sólo necesita que le toquen los hocicos o las cosas de comer para salir, aunque su hábitat natural sea la oscuridad, y la luz un elemento letal que nos pone en evidencia. 


En una primera versión del guión, el adorable Gizmo se convertía en el malvado Stripe. Spielberg decidió convertirlos en criaturas independientes.










Pero Gremlins es, ante todo, un canto de amor al cine fantástico, repleto de homenajes a películas viejunas que el sagaz aficionado podrá detectar a nada que se fije. Por citar de memoria, hay alusiones directas a El tiempo en sus manos, Planeta prohibido, La invasión de los ladrones de cuerpos, Blancanieves y los siete enanitos, Qué bello es vivir... amén de todas las cintas de invasiones extraterrestres de los años 50. La película sirvió también para consolidar en mi cabeza dos nombres que marcarían mi vida y la de muchos aficionados al cine de la época: Steven Spielberg (productor) y Jerry Goldsmith (compositor), y mostrarme por primera vez otros dos que también se quedarían, aunque no con tanto arraigo: Chris Columbus (guionista) y Joe Dante (director). 


GREMLINS DE ALTOS VUELOS

Con el tiempo me enteré de otras cosas, como que el término gremlin procedía de una leyenda urbana que circulaba en la Royal Air Force y que hacía alusión a unos geniecillos que, supuestamente, eran los responsables de las averías de los aviones. El escritor Rohal Dahl, que fue piloto, se apropió del término para escribir uno de sus primeros cuentos, el cual iba a ser llevado a la pantalla por Disney. Finalmente se abandonó el proyecto, pero el concepto fue utilizado en algunos cortos animados de la Warner  protagonizados por Bugs Bunny, uno de los cuales te ofrecemos a continuación para que hagas un descanso de tanta lectura.





Más adelante, en 1963, un episodio de la mítica serie The Twilight Zone, Pesadilla a 20.000 pies, narraba el terror del pasajero de un avión que contemplaba desde la ventanilla cómo un monstruo iba desmantelando poco a poco el aparato en pleno vuelo. Dos décadas después, se hizo un remake de esta historia dirigido por George Miller para la película colectiva En los límites de la realidad, en la que, curiosamente, también participaban Spielberg y Dante. 

O sea, que lo de los gremlins y los aviones es un matrimonio tan consolidado como el pan y el jamón, por lo que no deja de ser extraño que en ninguna de las dos entregas cinematográficas oficiales aparezca esta cuestión más que de pasada. ¿Harán algún día una tercera parte ambientada en un avión? Quizás así podrían explorar la inquietante hipótesis apuntada en la segunda parte: si los mogways se convierten en gremlins al comer después de medianoche ¿qué pasa si un mogway come a las 12 y cruza una zona horaria?


Gremlins y aviones. Una relación singular.


GREMLINS AL CINE

Durante años se especuló con la posibilidad de que hubiera una tercera parte que nunca llegó. Sí parece que hay en marcha un plan para un reboot, a mi entender, oportunista e innecesario. Pero la gran noticia que ha saltado a los medios estos días y que, en parte, da sentido a este post, es que los Gremlins regresan  a los cines españoles para complacer a los nostálgicos y descubrir a las nuevas generaciones una película tan grotesca como terrorífica; tan salvaje como divertida, y que, por su condición de artesanal, iconoclasta y políticamente incorrecta, a día de hoy sería prácticamente imposible.


En 1984 los Gremlins fueron al cine a ver Blancanieves y se lo pasaron bomba (literalmente). A finales de 2017 nos dan la oportunidad de ir a verlos a ellos y volver a disfrutar como bestias.



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