Batman quiere que te cases



Érase una vez un millonario solitario y tristón que por las noches se vestía de murciélago y se iba a capturar malhechores. Luego por las mañanas estaba hecho polvo porque, aunque no bebía alcohol, las resacas venían en forma de palizas, quemaduras, cortes, contusiones, heridas de bala y todo tipo de accidentes laborales. Ante semejante panorama  no había tiempo ni fuerzas para el amor, así que a este hombre las novias le duraban menos que el cantar de un vizcaíno.


Un día, los de Warner y los de Lego (que, como todo el mundo sabe, son podemitas y masones) le hicieron una película que vino acompañada de polémica. 

Hago aquí un inciso para decir que Batman: la Lego película es, en opinión de quien esto escribe, una de las mejores cintas de Batman que se han hecho jamás. Aparte de espectacular y divertida, retrata como pocas el dualismo inherente a cualquier historia de héroes y villanos, la necesidad que el bien tiene del mal para existir (y viceversa) y cómo el amor y el odio tienen más semejanzas que diferencias. Si no la has visto porque no te interesa Batman, pasas de Lego o tienes más años que una mercería y no estás para perder el tiempo con tontadas, te invito igualmente a que le des una oportunidad. Es posible que te sorprenda y la disfrutes.



Pero volvamos a lo de la polémica. Resulta que, tras el estreno de la película en 2017,
la derecha de Estados Unidos acusó a esta de panfleto gay, recurriendo, una vez más (qué pesadez) a la relación entre Batman y Robin, no por ser amantes, ojo, sino por jugar con la idea de que Robin es adoptado por Batman y por Bruce Wayne a la vez. Por tanto Robin tendría... ¡dos padres del mismo sexo!

Puestos a ser retorcidos, yo creo que la situación podría verse mejor como un homenaje a la Santísima Trinidad (el Padre, el Hijo y el Murciélago Santo), pero no. Bajo la óptica trasnochada de esa gente supone nada menos que un adoctrinamiento de los jóvenes destinado a la destrucción de la unidad familiar tradicional.

Dejando a un lado que las razones aducidas no dejan de basarse en un par de chistes relativamente ingeniosos, cuando servidor vio la película detectó en ella una lectura decididamente conservadora. Más allá de la peripecia pura y dura y la intención paródica y desmitificadora del film, la tesis final y nada escondida de este consiste en dejar claro que lo importante es la familia, y que cuanto mayor sea el núcleo familiar, mucho mejor. 


Los viejos superhéroes se hacen selfies.

Con esto no estamos descubriendo la pólvora. Miles de películas tienen ese mismo mensaje, pero resulta especialmente llamativo que se aplique en el caso de Batman, el eterno solitario, pese a que los cómics llevan años mostrándonos cómo el entorno doméstico del Caballero Oscuro, por razones diversas, ha ido ampliándose paulatinamente. De hecho el tono de la cinta cambia en un determinado momento de gamberro y transgresor a decididamente moñas, algo que podemos apreciar incluso en la magnífica banda sonora compuesta por Lorne Balfe y en las canciones utilizadas en ella.

Si seguimos el arco del personaje vemos claramente que Batman, empeñado durante toda la primera parte en demostrar lo independiente que es, va sucumbiendo poco a poco a la llegada de nuevos miembros: padre, hijo, esposa... hasta comprobar que su mayor temor (volver a formar parte de una familia con los miedos y sufrimientos que eso conlleva) era precisamente su mayor necesidad. 

Tanto hincapié hacen los guionistas en esta idea que a eso de la mitad de la película, cuando normalmente los héroes se enfrentan a un gran desafío del que salen vencidos para después reagruparse y ganar en la batalla final, aquí salen victoriosos. Pero sólo en apariencia. En efecto, aunque han vencido a la tropa de supervillanos reclutada por el Joker, para Batman eso no es una victoria sino una derrota. Su independencia ha quedado en entredicho, cosa que acabará por asumir alegremente al final de la historia.

¿Qué nos está diciendo la película? ¿Qué nos está diciendo Batman? No hay que haber estudiado en Harvard: vivir en familia es mejor que vivir solo.

No es el único caso. Varios personajes tradicionalmente solitarios han terminado sentando la cabeza y apaciguando a su fiera interior, pasando por el altar y adoptando un hijo (propio o ajeno) en los casos más extremos. Ahí tenemos a Indiana Jones, Han Solo o el Dirk Pitt de las novelas de Clive Cussler, por poner sólo unos ejemplos. Incluso tipejos como el picaflores James Bond o la solitaria y rarita Amélie Poulain acaban cayendo en brazos del amor... aunque sea por un rato.


La boda a la que nadie quería asistir, pero cuya invitación iba incluida en la entrada.

Exceptuando los últimos ejemplos, esto es algo que, por lo general, molesta a los fans, que acaban por sentirse traicionados. Si eres una persona soltera y solitaria, quieres que tus héroes y heroínas sean como tú para sentirte reafirmado. Si vives en pareja o tienes familia, también quieres que esos héroes y heroínas se mantengan puros, sin el lastre y las responsabilidades que suponen determinados estados civiles. Dicho de otro modo: que tú la hayas cagado no significa que ellos o ellas también lo hagan. ¿Entonces por qué se empeñan? Se nos ocurren varias razones:


1. Los viejos héroes son eso, viejos, y es importante pasar el relevo generacional. Esto suele coincidir con la madurez vital y emocional de sus creadores, que han tenido hijos (y hasta nietos) y les ha cambiado el chip. Se han vuelto más familiares y hogareños. Y también menos creativos. Ni que decir tiene que esta estrategia no suele funcionar y provoca el rechazo de los seguidores del personaje, que en ocasiones terminan abandonándolo.



2.  La soledad es un sentimiento universal con el que es fácil identificarse. En lo más profundo de nuestro ser, todos deseamos encontrar a nuestro igual, nuestra otra mitad, aquella persona con la que compartir nuestra vida, nuestros anhelos, nuestros gustos. Al plantearnos la situación de un personaje solitario que, a veces a su pesar, encuentra su complemento, la ficción nos está ayudando a resolver el problema. A darnos esperanzas. Sí él puede, tú también.

3. Dos menús de palomitas con Cocacola dan más dinero que uno. Y tres, más que dos.



Puesto que los dos primeros puntos parecen bastante claros, vamos a desarrollar mejor este tercero.

Imagina este supuesto. Eres una persona solitaria y librepensadora aficionada a actividades bohemias como ir al cine solo. Por lo general, a cines urbanos, tal vez circuitos minoritarios en versión original. O quizás no. Eso es lo de menos. Como ser solitario que eres, te sientes atraído por personajes de ficción que viven según sus reglas, con su propio código de conducta y sus hábitos individualistas. Esto pone muy nerviosas a las grandes corporaciones. No encajas en sus planes. No molestas, pero tampoco eres tan rentable como deberías. Ellos quieren que conozcas a alguien, te cases, formes una familia y dejes de pasear tu esqueleto por esos antros minimalistas del centro de la ciudad en los que, en ciertos casos, no dejan ni comer palomitas. Y a veces la película termina con el personaje solo, aunque feliz o habiendo aprendido algo de sí mismo. O directamente acaba mal. ¡Qué escándalo!

Tienes que alejarte de esa mierda, tío. El cine no es un reflejo de las miserias de la vida ni un ejercicio existencialista. El cine, especialmente el estadounidense, está hecho para convencerte de que la vida es para compartirlaque debemos permanecer unidos, que el chico y la chica no pueden terminar separados, y al final lo importante es que haya beso o boda. ¿Alimentar la esperanza? Por supuesto, eso es bonito y hasta útil. Pero es algo que, por ejemplo, no se exige tanto en la literatura. ¿Por qué? Porque leer es una actividad solitaria, mientras que el cine es colectiva. Si te gusta el cine, te casas y tienes hijos, es muy probable que, tras el parón obligado de la crianza, sigas acudiendo al cine en tu nueva situación, multiplicando así la venta de entradas en proporción a tu progenie. ¿No es maravilloso?

Pero espera, que no acaba ahí la cosa. Por supuesto que el cine quiere venderte ilusión, maíz y burbujas con azúcar multiplicado por equis. Pero no te olvides del señor del concesionario que necesita venderte un coche más grande para que quepáis todos. Ni del que te llena el depósito para que podáis desplazaros al centro comercial situado a veinte kilómetros de tu casa, donde están los cines más cercanos (todos exhibiendo la misma película, de manera literal o figurada) y donde ya aprovecharéis la tarde para hacer la compra del mes, echar una partidita en la bolera y comer unas hamburguesas rodeados de grupos de amigos y núcleos familiares tan unidos, felices y completos como el vuestro.



La familia que come palomitas unida permanece unida. (Warner 1:18)


Recuerda: el héroe solitario busca aliados en su vida cotidiana para que tú le imites y amplíes tu prole. Por eso Batman quiere que te cases y te reproduzcas. O adoptes. Como él. Como todos.

Para terminar este ejercicio que a algunos les parecerá socioconspiranoico y paranoide (a mí, por ejemplo), hagámonos una pregunta. ¿Qué pasará cuando ese modelo de ocio al que acabamos de referirnos desaparezca? No es algo descabellado, ya está ocurriendo. Los megacentros comerciales están en declive porque el consumidor prefiere comprar las cosas por Amazon y ver las películas en su plataforma digital favorita. A veces en pareja o en familia, pero también en solitario, delante de un ordenador o de un smartphone provisto de auriculares. La experiencia colectiva vuelve a ser individual. ¿Cambiarán ahora los modelos de la ficción? ¿Volveremos al héroe solitario ahora que a las compañías les sale mejor que cada miembro de una familia de tres alquile un producto para cada uno?

¡Acompañemos esta reflexión con unos batminutos musifamiliares!


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