El final de la aventura


Érase una vez un género literario que nos gustaba muchísimo de pequeños y con el que la mayoría aprendimos a leer. Algunos consideraban que era un género menor, un mero entretenimiento sin mayores pretensiones. Pero no era así. Para nosotros era una droga poderosa sin la cual no podíamos vivir.

Esa droga se llamaba aventura, y tenía mucho que ver con dos cosas que son consustanciales al ser humano: la curiosidad y la capacidad de sorprendernos. Estos dos elementos están muy presentes en los niños, para quienes todo está por descubrir y la cosa más simple les resulta maravillosa. Quien dice niños dice cualquier ser humano adulto anterior al siglo XXI. Y es que desde que todo está a un solo clic de distancia, la aventura ha perdido parte de su significado y prácticamente todo su encanto.

"La Odisea". Posiblemente la primera gran aventura marítima de la historia de la literatura.

Pensemos, por ejemplo, en los siglos XVIII y XIX. En autores como Alejandro Dumas, Walter Scott, Emilio Salgari, Robert L. Stevenson, Joseph Conrad, Jack London,  Julio Verne... En esos grandes relatos de viajes a lugares remotos, inaccesibles para el lector si no era a través de las páginas de un libro; en esas historias de descubrimientos asombrosos en los confines del mundo; en las fabulaciones acerca de inventos y artilugios impensables para la gente de la época.


Ahora tenemos Google Maps y viajes en compañías low cost que nos acercan a cualquier sitio en muy poco tiempo y por poco dinero. Sabemos tanto del mundo a través de los medios de comunicación y los viajes organizados (¿?) que nos interesa más leer sobre lo conocido que sobre lo desconocido. Apenas hay misterios, y los que hay se repiten una y otra vez. ¿Cuántas novelas existen sobre la Atlántida, los templarios, el Santo Grial…?

Los mapas, las brújulas, las grandes expediciones a lugares desconocidos han desaparecido. Pero, afortunadamente, no lo han hecho la curiosidad y la capacidad de sorpresa (aunque al cine en ese sentido cada vez le cuesta más sorprendernos). Por eso nuestros ojos acuden sistemáticamente a cualquier noticia que tenga que ver con aquellas zonas del universo que aún permanecen lejos de nuestro alcance directo: la mente humana, el fondo del mar, los confines del espacio, el futuro de la ciencia y la tecnología… Todos esos lugares son escenarios perfectos para la aventura. Pero la aventura en el sentido literario ya no existe. Ha sido fagocitada por el thriller psicológico, el techno-thriller o la ciencia-ficción, respectivamente.


La tecnología, la pirotecnia y el más difícil todavía son los elementos principales de las nuevas novelas de aventuras, como las escritas por el británico Andy McDermott.


No digo que esto sea malo. Se trata de una evolución natural, una adaptación a los nuevos tiempos y al nuevo espíritu humano. En realidad la aventura nunca morirá porque está presente en nuestra vida desde el momento en que nacemos. Cada día en este mundo es una aventura que no sabemos cómo terminará. Nadie puede estar seguro de si sobrevivirá un día más, aunque es cierto que esta inquietud se ha atenuado bastante desde que no hay depredadores ni enfermedades infecciosas mortales rondándonos a todas horas. Afortunadamente, añado.

Esto es bueno para nosotros, pero malo para el género. Como autor que se empeña en cultivarlo (inconsciente que es uno) las suelo pasar canutas para meter a mis personajes en berenjenales de los que no puedan salir con una simple llamada telefónica desde el móvil. Que no tenga batería o cobertura, o hayan perdido la mochila en un accidente son recursos facilones que se agotan rápido. Hay que ingeniárselas y eso no siempre es fácil. Lo que uno lleva en el bolsillo del abrigo cuando sale de casa supera en potencia tecnológica el equipamiento de los exploradores de siglos pasados. Por eso escribir novela de aventuras ambientada en el presente es una tarea ardua.

La aventura ha sucumbido también ante la novela negra, un género que se adapta mejor a la realidad actual (no hay más que ver los informativos), y sin embargo aún existen autores que triunfan con ella. Ahí está Fernando Gamboa, por ejemplo, quien inteligentemente sitúa su serie más exitosa (las aventuras del capitán Riley) en una época anterior a la telefonía móvil. Veteranos cultivadores del género como Wilbur Smith, Clive Cussler o  nuestro Alberto Vázquez-Figueroa se han pasado al thriller de acción (que es como la aventura pero con más tiros y menos romanticismo) o a la novela de denuncia social. Matilde Asensi sigue alternando obras ambientadas en el pasado y tramas de investigación en las que la tecnología digital tiene un papel decisivo. La clave, como en toda aventura, es  la capacidad de adaptarse y sobrevivir al entorno.



Pero aunque el género en su faceta más pura, ingenua y escapista parezca estar sepultado y hoy se mire con nostalgia, sigue latiendo con fuerza en algunos de los productos literarios y audiovisuales más consumidos. Por ejemplo, las distopías o las historias de zombis, plagas o desastres ecológicos que convierten nuestro entorno inmediato en un lugar peligroso, inhóspito y equiparable a las junglas, los desiertos y los mares de las historias de antaño. La tecnología cae, las instituciones dejan de garantizar nuestra seguridad y volvemos a ser esos náufragos solitarios, esos exploradores que avanzan inseguros sabiendo que en cualquier momento pueden ser devorados por una fiera, una tribu de caníbales, una nube radiactiva o una pelea para decidir quién se lleva el último bote de carne enlatada (o el último contrato fijo, que tanto da).

Hasta Indiana Jones se dio cuenta. El tiempo de las neveras forradas en plomo, las explosiones nucleares y los efectos por ordenador terminó con los viejos aventureros de toda la vida.

Porque aunque ya no queden buscadores de tesoros, piratas, navegantes ni espadachines como los de antaño, mientras haya gente que se levante por la mañana con la incertidumbre de qué ocurrirá ese día, habrá aventura. Y la ficción, como siempre, se hará eco de ella.

La aventura ha llegado a su fin. Pero nos sobrevivirá a todos.

@JorgeMagano

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Es tu turno. ¿Tienes alguna novela de aventuras favorita o que recuerdes con especial cariño? ¿Ha dejado de interesarte el género ha medida que crecías? Cuéntamelo. Me interesan tu experiencia y tus opiniones.

Comentarios

  1. De mi juventud tengo que pensar. Pero con más de cincuenta leí la trilogía "Martín Ojo de Plata" de Matilde Asensi y me encantó.
    Nunca se debe dejar de leer aventuras y de vivirlas.

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  2. Tienes toda la razón, Almudena. La aventura es sed de vida y conocimiento. Viajar y descubrir, aunque sea con un libro, nunca debería pasar de moda. Gracias por tu comentario.

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  3. Me siguen gustando mucho las novelas de aventuras. Aunque cierto es, que ya de adulta, se debe a Fernando Gamboa y a ti.

    Hacía tiempo que no leía nada del género y de repente aparecieron Azcárate y Ulises y aquello fue un no parar.

    Es un género que podría tener mucha más vida si las editoriales dejaran de ver el mundo dividido en seguidores de templarios, de novela erótico-festiva o de novela negra.

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    1. Hola, Nana. Un honor que me digas eso. Lo hago extensible a Fernando, que seguro que también se alegra de saberlo. Nosotros seguimos ahí, aunque me temo que la aventura como género puro ha quedado relegada a un puñado de románticos entre los cuales ambos nos encontramos. Un abrazo.

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