El discreto encanto de las casas encantadas




Érase una vez una casa vieja y desastrada. Puede ser una simple casita unifamiliar con jardín o un imponente caserón con  ecos medievales. A lo mejor no está desastrada, sino que tiene una apariencia más o menos normal. Incluso cuidada. O, por el contrario, presenta síntomas de derrumbe o incendio. En no pocas ocasiones, la casa se sitúa en lo alto de una colina. Los vecinos cuentan cosas de ella: "Lleva años abandonada"; "Nadie se atreve a comprarla"; "No han vuelto a habitarla desde que pasó aquello"; "El antiguo propietario se volvió loco"; "Alguien murió o mató, o las dos cosas, entre sus muros"; "Por la noche se oyen ruidos"; "Las luces se encienden solas"...

En definitiva, el inmueble da un mal rollo que te excretas. Nadie en su sano juicio se internaría en ese engendro de casa por propia voluntad.

¿O sí?

Recuerdo que cuando era pequeño solía ir con mi familia a una pequeña localidad de la Comunidad de Madrid en la cual mi hermana y yo éramos miembros ocasionales de una pandilla sólidamente constituida. Ya sabes, el típico grupo de chicos y chicas en un pueblo pequeño y lo que eso supone: amistad, bicicletas, primeros tonteos, excursiones, fiestas en el jardín, más tonteos, horas charlando en un banco comiendo pipas, tonteos, primeras decepciones... Pura adrenalina, vaya.

Pero espera, que la cosa mejora.

Muy cerca del chalet de nuestros anfitriones había un descampado al que íbamos a cazar lagartijas. Y en uno de los laterales del descampado, un viejo edificio en ruinas (en realidad creo que era una especie de nave) al que los lugareños más adolescentes llamaban La casa de la bruja.

Algunos de los chicos mayores alardeaban de haberse aventurado en aquel lugar durante la noche. Los más prudentes o directamente cobardes (era mi caso) no nos atrevíamos a asomarnos por sus rendijas ni de día. Pero la casa de la bruja estaba siempre allí, llamándonos, espoleando nuestra pueril imaginación, saludándonos con su voz cavernosa cada vez que pasábamos por delante de ella: "Venidddddd a jugarrrrrr, niñosssssss..."

Nunca entré a jugar, ni siquiera a curiosear, ni a echar una meadilla. Pero para un muchacho fantasioso como yo, la presencia de aquella casa a tan poca distancia del lugar donde solíamos reunirnos a jugar era un estimulante aliciente. Casi podría decirse que era uno más en la pandilla.

¿Pero por qué un chamizo cochambroso como aquel nos atraía tanto? ¿Qué tienen los caserones del terror de los parques de atracciones que los hacen tan populares entre la clientela de la Edad del Pavo (circa 12-17 años)? ¿Cuál es la relación entre niñez/adolescencia y casas en las que pasan cosas chungas?

Stephen King lo explica muy bien en boca de uno de los protagonistas de It. No recuerdo si es exactamente igual en la novela, pero en la adaptación cinematográfica de 2017, Bill Denbrough se dirige así a sus amigos cuando estos cuestionan su decisión de entrar en el terrorífico número 29 de la calle Neibolt: 

"Voy a casa y todo lo que veo es que Georgie no está. Sus ropas, sus juguetes, sus estúpidos peluches... pero él no. Por eso entrar en esta casa para mí es más fácil que entrar en la mía propia".

Un discurso demoledor ante el cual todos sus amigos asienten. Y no es para menos. Es obscenamente obvio recalcar que lo espantoso de It (si no has leído la novela ya estás tardando) no son los monstruos que acechan en las alcantarillas, ni la sangre que sale de los lavabos. Lo realmente estremecedor es el acoso, el maltrato psicológico, la sobreprotección, la ausencia permanente de uno de los miembros de la familia... Son ataduras, lastres, pesas que ejercen una presión insoportable en cada uno de esos niños. It pone rostro a todos estos terrores. Los hace conscientes y ayuda a los muchachos a madurar. A enfrentarse a lo que les hace incompletos e infelices.




Es posible que no estés de acuerdo conmigo (si es así me alegraré por ti porque significa que has sido feliz), pero soy de la opinión de que durante la adolescencia la casa no es sinónimo de hogar, sino de sitio donde pasan cosas chungas, incluso en las familias más armoniosas. La soledad, la incomprensión, las dudas que no siempre pueden ser resueltas en brazos de un padre o de una madre, por muy dispuestos que ellos estén... Eso siempre está presente, y al igual que los deberes, es algo que nos llevamos a casa cada día. A esa casa oscura de largas noches a la que no tenemos más remedio que volver.

¿Pero qué tiene que ver nuestra casa con esa otra casa desvencijada de lo alto de la colina? Nadie nos obliga a entrar allí, y lo juicioso sería alejarse de ella como de la peste. Sin embargo estamos hartos de ver/leer/jugar historias en las que un individuo o grupo de individuos del sexo que sea, decide aventurarse a recorrer el casoplón en plena noche. O incluso a alquilarlo o comprarlo con la intención de vivir en él por tiempo indefinido. Desde La caída de la casa Usher a la última de Insidious pasando por El hotel encantado de Wilkie Collins, el Overlook de El Resplandor (de nuevo Stephen King) o La maldición de Hill House de Shirley Jackson, la literatura y el cine están plagados de experiencias más o menos voluntarias en lugares de este tipo. ¡Hasta los Hollister y Mickey Mouse han pasado por ahí!

Para comprender esto, antes debemos entender lo que es una casa encantada. Si recurrimos a esa inagotable fuente de saber y cultura que es la Wikipedia, aprenderemos que una casa encantada es un edificio o construcción donde supuestamente ocurren apariciones o fenómenos paranormales.

Considerando "paranormal" algo que no se ajusta a las leyes de la naturaleza, veremos que tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro en determinadas circunstancias. Cuando soñamos, cuando fantaseamos, cuando tenemos miedo o cuando estamos excesivamente preocupados por algo, lo racional se va de vacaciones y nos queda lo absurdo, lo fantástico, lo imaginado. Los fantasmas que acechan en la sombra. Las luces que se apagan. El sueño de la razón y los monstruos que produce. Y para todo esto, las casas encantadas son un escenario perfecto. Lo paranormal es la antítesis de lo normal, y no hay nada más trágico que el miedo calloso que vive en lo cotidiano. En nuestro día a día. Por eso internarse entre los muros de una de estas casas puede ser una experiencia liberadora. O letal. O ambas a la vez.

La pesadilla de Fussli en versión japonesa


¿Pero adónde vas, pedazo de idiota?

Seguro que has querido gritar eso cada vez que el protagonista de una película de terror sube las escaleras hacia el ático (o las baja hacia el sótano) del que proceden extraños ruidos. En vez de salir pitando hacia la calle, se aventura  en soledad para intentar descubrir qué es eso que suena mal, sin importarle si es aire en las cañerías o un espectro con mal despertar. Desafiar el sentido común es uno de los cometidos de estos personajes, que a menudo nos parecen estúpidos o inverosímiles. Pero si recuerdas lo que hemos dicho en el segundo párrafo de este artículo...

"Nadie en su sano juicio se internaría en ella."

En su sano juicio.

Este matiz es importante, y el que aporta coherencia al subgénero de las casas encantadas. Porque es cierto que hay personajes estúpidos poblando historias estúpidas, pero en muchos casos nos enfrentamos a  personas que no están precisamente bien de la cabeza. No hablo de esos insensatos que aceptan una hipoteca a treinta años, sino de personajes con una herida, un trauma o una privación para los cuales la casa no es más que un gigantesco amplificador de su propio desastre personal. Una vía para conjurar sus dramas emocionales o psicológicos. A veces para sanarlos a través de la expiación; otras, para agravarlos y llevar al afectado hasta la chaladura total.


Soledad, dependencia, traumas, confusión en cuanto a la identidad sexual... Está usted en el sitio correcto, querida.

Porque, en esencia, las buenas historias de casas encantadas van de eso: de personas que pasean su dolor, sus fobias y sus carencias por pasillos vacíos mientras las puertas se abren y se cierran solas y murmullos fantasmales flotan en el éter. Ninguna persona "sana", a no ser por motivos profesionales (un médium, un parapsicólogo, un fontanero), sucumbe a la tentación o al deseo de meterse en un sitio así. A veces para quedarse. Otras para salir renovado. Y, no nos engañemos, en ocasiones lo hace para morir. A veces la casa ya está regular y atrae a una persona que tampoco anda muy bien. Otras, la casa duerme hasta que el traumatizado activa algo dentro de ella y se lía el pifostio.

Un meteorito provoca demencia en los habitantes de esta casa que en los 90 recibió muchas visitas


Eso para los personajes. Nosotros, los del otro lado (del papel o la pantalla, quiero decir) encontramos en estas historias otro tipo de atractivo. En términos narrativos, la historia de casa encantada va más allá de la mera experiencia escalofriante y tiene mucho que ver con el relato policiaco. La historia empieza siempre al final de otra historia (la de los primeros habitantes) que hay que reconstruir, lo que mantiene en funcionamiento el cerebro del lector o el espectador, que siempre debe estar preparado para las sorpresas.

Como buen subgénero, no escapa de los clichés (o de los elementos recurrentes, si somos benévolos). Así, encontramos siempre el caserón, los golpes en plena noche, las puertas que se abren y se cierran (y sus homólogas: las luces que se encienden y se apagan solas), la cajita de música, los niños (vivos o muertos), el piano que toca solo, el desván donde se guardan objetos o pertenencias (o restos humanos) de los anteriores inquilinos, etc., etc. 

Otro aspecto que se repite y que a mí siempre me ha llamado la atención es que los protagonistas de este tipo de historias, al igual que en las de zombis, parece que nunca en su vida han oído hablar de casas encantadas, ni de películas de casas encantadas. Están allí, saben que pasa algo raro, pero a nadie se le ocurre decir: "Esto es como en aquella película de..." o "Uy, Iker Jiménez digo algo sobre esto en..." Es un modo, supongo, de potenciar el asombro de los personajes, aunque reconoce que queda raro.



Las casas están bien, pero los hoteles también tienen su encanto.

Para finalizar esta disertación, me toca ponerme en plan abuelo Cebolleta y lamentar que de un tiempo a esta parte, el gusto por el impacto musical, el sobresalto fácil y la impresión momentánea han sustituido ese sabroso terror intrínseco que era la esencia de las historias de casas encantadas. Por eso es tan triste como frecuente ver cómo espectadores jóvenes, espoleados por sus mayores, acuden (rezongones unos, esperanzados otros) a visionar maravillosos clásicos como La casa encantada de Robert Wise o Suspense de Jack Clayton, para, acto seguido, expresar en Filmaffinity su dolorosa decepción, lo mucho que se han aburrido y lo carcas que somos los demás. Cuestión de hábitos generacionales, supongo. 

Ya sabes el dicho: cada uno en su casa... y el demonio en la de todos.

@JorgeMagano


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