La Historia Interminable olvidada



Érase una vez un humilde novelisto al que le pareció feo crear un blog y no contarte alguna cosa sobre sí mismo al margen de la biografía oficial. Ese tipo soy yo, y aunque aquí lo que pretendo es publicar contenidos interesantes, hoy toca post autobiográfico. Dicho de otra forma: te voy a contar mi vida. O parte de ella. A cambio, y como recompensa o represalia, te invito a que en los comentarios me cuentes la tuya. Puede ser una bonita terapia de grupo.

Pero no te preocupes, que me voy a saltar las partes aburridas (gestación, nacimiento, biberones, primeros pasos, prórrogas del servicio militar, etc.) para ir directamente a la parte que importa: cómo y por qué me convertí en un entusiasta del arte y la ficción. En un artficcionado, vaya.

Empecemos, pues, por el principio.


La culpa es de los padres

Como casi todo.

El mío era lo peor. Desde muy pequeñito me sorbió el seso y ya nunca me recuperé. Se empeñaba en regalarme libros y  llevarme a museos, y me obligaba a peregrinar con él al cine Imperial de Madrid (que descanse en paz) para ver los últimos reestreno de un clásico Disney, o películas, ya ves tú, como El Mago de Oz, El Cristal Oscuro o Chitty Chitty Bang Bang. Yo solía tener un cierto conocimiento de lo que iba a ver porque generalmente había visto los anuncios por la tele. En el caso de las de Disney, conocía la historia por los cuentos y los tebeos con los que mi progenitor me  castigaba todas las ferias del libro. Bambi, Pinocho, Dumbo, Los rescatadores... Me las sabía de memoria antes de ver la película. Los spoilers no existían en esa época, y si existían nos daban igual porque éramos niños de los ochenta y estábamos por encima de esas pijadas.


Te ha quedado claro, ¿no?


Sin embargo aquella tarde de 1984 era diferente. No tenía ni pajolera idea de lo que íbamos a ver.

Yo tenía ocho años. Iba en el coche con mis padres y mi hermana en dirección a los por entonces novísimos cines de La Vaguada para ver una película que se acababa de estrenar y de la cual no sabía más que el título: La historia interminable. 

Ya, de entrada, sonaba mal. ¿Una historia que no se acababa nunca? ¿Como las películas del cinexín? ¿Como las clases de matemáticas? ¿Como la línea blanca de Emilio Aragón? (niño de los 80, no olvidemos). Sonaba a rollazo. 

Vale que me gustaba el cine, pero también me gustaba que las cosas tuvieran una duración determinada para poder irme luego a  hacer otra cosa. Era un niño, sí, pero tampoco tenía todo el tiempo del mundo. Así lo expresé, pero mi padre, en su infatigable crueldad, insistía en que era una película preciosa (que no había visto) basada en un libro maravilloso (que no había leído). Estos argumentos unidos al hecho de que el que conducía era él hacían imposible cualquier resistencia, así que al poco rato estaba sentado en mi butaca listo para tragarme aquella película con un título tan estomagante como misterioso.

No voy a contártela porque seguro que la has visto. Seguramente hasta has leído el libro. Ya sabes: un niño huérfano de madre, con un padre que parece guay pero que no lo es, que sufre acoso escolar (ahora bullying), que se refugia en la literatura como vía de escape de una realidad que lo aplasta... 

Y un libro raro, impreso en dos colores, que cae en sus manos y que habla de un fenómeno extraño conocido como la Nada que amenaza con hacer desaparecer el país de Fantasía. Y un héroe muy jovencito. Y una emperatriz infantil. Y pruebas. Y aventuras. Y bichos, y marionetas y efectos especiales que en su momento eran lo más para una producción alemana, aunque en ese momento esto daba igual porque ningún niño medianamente normal se fijaba en esas cosas.



Trailer de "La historia interminable"

Cuando acabó la proyección y se encendieron las luces de la sala, el niño de ocho años que iba enfurruñado en el coche de su padre ya no existía. En su lugar había nacido un chaval nuevo con un cerebro nuevo y unas ganas incontenibles de salvar al mundo de la Nada, del aburrimiento, de los ceños fruncidos, de los padres que no comprenden, de las madres que se mueren y de los niños que acosan a otros niños por ser gordos, flacos, gafotas, redichos, silenciosos o simplemente diferentes. O sea, salvar al mundo de la falta de imaginación. Y ya puestos a pedir, cabalgar por el cielo a lomos de un dragón blanco de la suerte.

Pero no, el viaje de vuelta a casa fue por carretera, en el mismo coche, con el pesado de mi padre hablando todo el rato de la importancia de la imaginación, de la fantasía y de las historias, algo sorprendente en el sesentón pragmático y realista en que se ha convertido (asumidlo: tarde o temprano todos nos convertimos en nuestros padres). Yo escuchaba, intervenía lo justo y tomaba notas mentales, al tiempo que me hacía preguntas. ¿Qué pasa dentro de un libro cuando está cerrado? ¿La historia sigue adelante o se detiene hasta que alguien vuelve a abrirlo? Curiosamente esta misma pregunta se la hace Bastian, el protagonista de la historia, en la novela de Michael Ende que corrí a sacar de la biblioteca del colegio esa misma semana y que devoré en un tiempo récord.


¡Esto es muy fuerte, colegas!


Es mejor el libro

Ese libro extraño impreso en dos colores (¡como el de la película!) hablaba de un montón de cosas fascinantes que posteriormente se convertirían en cotidianas para mí. De la realidad y de la fantasía, y de cómo una influye en la otra. De cómo sin fantasía, sin imaginación, la mente humana dejaría de evolucionar y la realidad se detendría hasta desaparecer. De la importancia de los nombres, de la memoria, de los símbolos. De designar a las cosas de alguna manera para que no se olviden. De las palabras que evocan conceptos que nos ayudan a seguir adelante. De cómo una persona normal, insegura y llena de defectos es capaz de convertirse en un héroe y salvar ambos mundos del desastre sólo con el poder de su imaginación. De la necesidad de asumir el control de la propia existencia, de luchar contra los pantanos de la tristeza, contra la indiferencia de la Vetusta Morla, contra la inseguridad de quien flaquea cuando se encuentra ante el Oráculo del Sur, contra la sombra que acecha en la oscuridad de una cueva o en el dormitorio de nuestros propios padres, empeñados en mostrarnos un camino que a lo mejor no es el nuestro...

El libro hablaba de mí, y de ti, y de todos; pero, además,  hablaba de sí mismo, algo que no se había visto antes en otros libros. De alguna manera, la historia te estaba diciendo que aquello no era más que una historia, pero dentro de una historia más grande que a su vez estaba contenida en la historia de la persona que en ese momento estaba leyendo el libro. O sea, yo.

Aquello me estalló dentro y creo que nunca me recuperé.

Con el tiempo me di cuenta de que la parte real de La historia interminable tenía tanto que ver con el esquema tradicional de los cuentos de hadas como la parte fantástica: un personaje que no se acepta a sí mismo ni el mundo en el que vive, que recibe un objeto mágico de manos de un hombre mayor, que se interna en un territorio extraño donde vive una aventura y hace una serie de descubrimientos que salvarán el mundo y lo cambiarán para siempre. Ahí está contenida toda la esencia del mito, del inconsciente, del viaje del héroe de Joseph Campbell (nombre que aparecerá con frecuencia en este blog). No sólo en la epopeya de Atreyu a lomos de Fújur y sus combates con extraordinarios enemigos de todo pelaje. También en los padecimientos de un niño gordo e incomprendido encerrado en un desván leyendo un libro.



El aparente triunfo de la Nada

No sé qué fue de Bastian al hacerse mayor. La película no lo cuenta, y no recuerdo si el libro lo hace. Quizás se volvió un escéptico, un materialista que rechazó, como tantos, el juego, el mito y la fantasía, relegándolos a un oscuro desván en su subconsciente adulto. A mí me pasó algo parecido, porque hoy me sorprendo renegando de la película, que no he vuelto a ver desde que era pequeño, y casi nunca cito el libro entre mis lecturas favoritas. Imagino que como le ocurrió al Peter Pan que se convirtió en un abogado adicto al móvil en el Hook de Spielberg, he olvidado lo que fui y de dónde vengo, aunque paradójicamente ahora mismo lo estoy recordando.


Luego te llamo, Wendy, que no me cuadra el gravamen del pasivo del sobrante.


Hoy, estoy seguro, juzgaría la película desde criterios estéticos y racionalistas, y mordería la patilla de mis gafas para afirmar que no hace justicia al original literario, que tampoco tengo demasiado presente, y que a los muñecos se les ven las costuras. Pero la Campanilla que vive en este blog me ha obligado a salir de mi olvido y recordar que el libro y la película cambiaron la vida de miles de niños de principios de los 70 y los 80 respectivamente.

Desde entonces leo y escribo historias. Incluso publiqué un homenaje inconsciente a La historia interminable. Quizás no fue la obra que plantó en mí la necesidad de fabular por escrito (eso sospecho que venía de serie), pero sí me dio la base teórica para reflexionar sobre esa necesidad.

Por tanto, y contra todo pronóstico, nombro a Michael Ende, a Wolfgang Petersen y al plasta de mi padre padrinos de honor de este blog.

Y a ti, paciente artficcionad@, te interpelo para que me cuentes cuál fue tu primera experiencia en ese lugar sin fronteras llamado Fantasía.

Comentarios

  1. Ohhhh, mi LIBRO Y MI HISTORIA FAVORITA, yo la leí con 11 años, sin haber visto la película... Cosa que nunca he podido hacer de forma completa... Cuando he leído tu texto he pensado "Guauuu como nos parecemos", solo que yo si me he convertido en esa abogada, aburrida, pegada a un teléfono, con poco tiempo de leer... Ese libro nos pertenece, nos llegó de formas distintas pero mágicas... Yo soy BBB, y he decidido transformar mi NADA, en e Mundo de Fantasía. Tengo el libro de de hace dos años en mi mesita de noche... No he podido releerlo... Pero acarició su tapa, miro las grandes letras de cada inicio de cada capítulo. Me da miedo leerlo y ver que la niña que fui esta enfadada por ver en la mujer que ( casi) me he convertido. Yo también pienso" ¿Qué pasa dentro de un libro cuando está cerrado? ¿La historia sigue adelante o se detiene hasta que alguien vuelve a abrirlo? ".... Me da miedo que al leerlo Bastian me cuente el final del capítulo.... Aquello que decía... Esta es otra historia digna de contar en otro libro. Aunque.... Tal vez.... Puedo reescribir mi futuro y volver a Fantasía!!!! Gracias, Muchas gracias.
    Pd: escrito desde el móvil, robando tiempo a una gestión......

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    1. Hola, Vanesa. Encantado de verte por aquí.
      Los verdaderos BBB de este mundo nunca dejan que la Nada los venza del todo. Siempre encuentran un hueco para satisfacer sus necesidades... aunque sea desde el móvil y robando tiempo a una gestión. O a la propia vida.
      Gracias por pasarte por este rincón.

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